Espacios sagrados
Recuerdo a mi abuela de espaldas en la cocina mientras guisa, iluminada por la claridad de la ventana. Como en un cuadro de Vermer, la luz, que entra desde el terrado alegrándonos la vida, es la protagonista de la estancia.
La cocina es pequeña y está repleta de muebles que se han quedado viejos y de utensilios de todo tipo. Mi abuela tiene sus hábitos, que a mi me parecen curiosos: le gusta poner papel de plata en la hornilla para que no se manche mientras cocina y cantar zarzuela cuando está contenta.
Ella es risueña y ruidosa y le gusta contarme las anécdotas del día, cómo buena extrovertida.
La miro con perpetuo asombro cada vez que quema con el fogón, una pata de la gallina y se la come, a pequeños mordiscos, de una forma animal.
Yo siempre me siento en el mismo lado la mesa, que recuerdo, es de un tono negro desgastado, con vetas rosadas y blancas, que imitan el mármol. Ese lugar, a veces, se convierte en mi mundo entero, allí estoy protegida y tranquila, y no pasa nada más que mi abuela y yo dejándonos ser, aunque de vez en cuando, interrumpe mi abuelo socarronamente, nuestra complicidad.
Hay espacios sagrados, que sirven como refugio contra el peligro, y la casa de mis abuelos, siempre ha representado eso, una burbuja de paz entre la contrariedad del mundo exterior.


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